Durante la segunda mitad del siglo XIX, se consolidó lentamente el Estado. Conocida por los Treinta años, esta era abarca desde las dos administraciones del caudillo nacional general Tomás Martínez (1858-1862 y 1863-1867) hasta 1893, año de la revolución liberal. Durante este lapso se fundó la república ––frustrada en la primera mitad del mismo siglo debido a las guerras intestinas–– tras la intrusión filibustera y devastadora de William Walker (1855-57). Nicaragua tenía entonces un poco menos de 300 mil habitantes y era regida por la constitución de 1858, la de mayor vigencia hasta ahora: 35 años. También, a través del concordato con la Santa Sede en 1862, se aseguraba una relación armónica con la Iglesia católica, sujeta al control del Estado.

En cuanto al desarrollo, resultó integral. Con el fortalecimiento de una casi desaparecida base colonial ––el control de la mano de obra para la agricultura–– fue impulsado el cultivo del café, llegando el país a insertarse plenamente en el mercado capitalista mundial y la sociedad a funcionar económicamente, ya en vías de transición al capitalismo, modo de producción hegemónico entre 1875 y 1893. Tras la reorganización de la Hacienda Pública, fueron canceladas varias deudas externas, establecidos los primeros bancos (en Managua y León, ambos en 1888) y emitidas las primeras monedas y los primeros billetes nacionales. Las leyes, códigos, reglamentos y tarifas sustentaron la superestructura jurídica necesaria. He aquí, entre otros muchos, tres ejemplos: la ley que declaró gratuita y obligatoria la enseñanza primaria (1877), el registro conservatorio de bienes raíces (también de 1877) y la Moral militar o libro de los deberes del soldado (1878).
La transformación operada se advirtió sobre todo en las obras de infraestructura, modernas para la época: el agua potable por cañería, la navegación a vapor en los dos lagos, el cable submarino, el telégrafo, el teléfono y, sobre todo, el ferrocarril, financiado por los fondos propios estatales e iniciado en el puerto de Corinto. En el aspecto cultural, se fundó la Biblioteca Nacional en 1882, se promovió la enseñanza a todos los niveles ––entre ellas la nocturna para artesanos–– y el pluralismo ideológico: en 1881 fueron expulsados los jesuitas, entonces ultramontanos. Fue consagrado como principio y práctica permanente la irrestricta libertad de prensa. Surgieron los diarios a partir de 1884. Al mismo tiempo, con la productividad y el mercado interno, crecieron las ciudades y comenzó a modificarse la rígida estratificación social.